Tanti anni fá...

Tanti anni fá...

Un 1 de Julio de hace ya muchos años me llamaron del Ministerio de Industria y Energía para decirme que me habían concedido la beca para estudiar diseño de Moda en el Istituto Marangoni de Milán. Recuerdo que  el primer dia que pisé aquella escuela y ví los dibujos que hacían los otros alumnos pensé: “¿Algún dia llegaré a dibujar la mitad de bien de lo que lo hacen ellos?.

No sólo llegué a dibujar como ellos sino que acabé el curso con Matrícula de Honor y siendo la primera de mi promoción.

Antes de volver a España la escuela me ofreció quedarme como profesora de dibujo. La razón por la que no me quedé la cuento al final de este texto.

El caso es que para mí ese 1 de Julio fue como si me hubiera tocado la lotería, no sólo por el dinero y la confianza ciega que me dieron sino por todo lo que aprendí ese año, la gente que conocí, los amigos que hice, los lugares que visité, la convivencia, la independencia, un idioma nuevo, estar lejos de la familia... todo. 

 
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Fue un año increíble con lo bueno y con lo malo. 

Siempre he pensado que todos deberíamos pasar al menos un año fuera de casa por lo mucho que se aprende.

Llegué al Istituto Marangoni de Milàn para hacer un curso de diseño de moda que en el caso de los estudiantes extranjeros duraba un año con un número de horas por cada asignatura. Yo disfrutaba tanto en aquella escuela, que si podía, hacía incluso más horas. Estaba rodeada de gente talentosa, de creatividad, de unos profesores magníficos... El Vogue Italia estaba lleno de inspiración, era la época de Christy Turlington, Linda Evangelista, Naomi... todo era un sueño y un estímulo constante.

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Mi profesor de dibujo, Paolo Parente (mi MAESTRO), me propuso compaginar mi curso de diseño de moda con uno de ilustración. Y así lo hice, no me importaba quedarme hasta las tantas dibujando cada día para poder hacer los dos cursos. Él me proponía un dibujo y yo muchas veces dudaba de que fuera a quedar bien, èl también dudaba, pero yo me dejaba hacer y siempre quedaban bien.

Un dia me dijo: "tu disegni col´ anima" ( tú dibujas con el alma) y creo que es lo más bonito que me han dicho nunca.

Acabé mi curso de diseño de moda con mi 30 lode muy feliz, y a pesar de que Milán no era una ciudad que me encantase, decidí quedarme seis meses más y continuar con el curso de ilustración y buscar trabajo como diseñadora. Ahí empezó el declive.... 

Los seis meses extra que pasé en Milàn fueron totalmente diferentes al año anterior. Pasaba menos tiempo en la escuela porque tenía menos clases. La mayoría de mis compañeros y amigos habían regresaso a sus paises. Empecé a preparar mis curriculums y los llevé a las grandes firmas, a Armani, Versace, Dolce & Gabbana, Salvatore Ferragamo...

Hice unas prácticas con un diseñador con el que no tuve nada de "feeling". No aprendí nada, trabajaba en su casa y me dejaba allí sola el dia entero haciendo dibujos. No ví tejidos, ni prendas, fue muy raro todo. También hice ilustraciones para una linea de lencería, pero cada vez me aburría más. Tuve que cambiar de apartamento y todo lo que podía permitirme era pequeño y oscuro. Milàn me parecía cada dia más gris y empecé a deprimirme.

Adelgacé muchísimo, echaba de menos mi casa y mi familia, y cuando supe que mi perro había fallecido y yo no había estado a su lado, ya no hubo marcha atrás. Decidí que volvería e España en cuanto acabaran mis clases.

Y entones, un mes antes de volver, uno de mis curriculums había llegado a las manos de Domenico Dolce, que me llamó para que hiciera una entrevista con ellos. 

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Le dije que NO, que muchas gracias, pero que me volvía a España. 

Lógicamente todo mi entorno me dijo que estaba loca, pero en aquel momento no me pesó decir ese NO. Estaba triste, delgada y decidida.

Acabé mis clases con un 30/30 y fué cuando la escuela me ofreció quedarme como profesora. Les contesté lo mismo, que muchas gracias pero NO.

Ahora que escribo esto que he callado durante mucho tiempo porque no me orgullecía, puedo recordar perfectamente a aquella Susana. Si pudiera le daría un abrazo y le diría que tenía que haber pedido ayuda entonces. Pero lo hecho, hecho está.


En España tardé en encontrar trabajo pero después estuve 20 años en un importante empresa textil en la que aprendí y disfruté mucho, pero esta historia también es larga y aquello también cambió y se volvió gris, y fue lo que me trajo hasta aquí, a la ilustración, a recuperar mi talento para buscar otra salida.

No es fàcil inventarse un trabajo y empezar de cero. O al menos, para mí no lo ha sido.

He estado años dibujando a medio gas, sin llegar a sacar a aquella Susana que dibujaba en Milán, y cuando la he querido sacar me ha dicho que tururú, que la dejé olvidada junto al 30 lode y que se llenó de polvo. Sólo sale cundo ella quiere y cuando no hay presión. Pero hay presión, porque ahora no estamos en una escuela y hay que ganar dinero.

Ha sido y es una lucha interna, a veces muy difícil de llevar.

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Y el final de esta historia es que gracias a las redes sociales he vuelto a hablar con amigos de aquella época, y fue mi querida Mirenchu la que vino tres dias a casa en los que no paramos de hablar. L que me sacudió y me recordó cómo dibujaba entonces, el 30 lode, y la llamada de Domenico Dolce. De aquella sacudida cayó algo de polvo, y desde entonces la lucha interior se ha acentuado tratando de recuperar la esencia y el brillo.

La Susana de entonces y la de ahora son igual de cabezotas, pero la de ahora, es mucho más madura y sí que ha pedido ayuda. Porque sola no puedo, lo sé. Porque necesito que alguien me dirija. Porque todos estos años me han subido la auto exigencia y me han bajado la confianza en mísma. Así que en ello estoy…

Y me despido con este dibujo, dedicado a Dolce & Gabbana, y que me ha costado un montón hacerlo, porque es el cuarto intento, porque ahora no salen como entonces. Pero están ahí.







La insoportable levedad del ser...ARTISTA

Me resulta difícil llamarme a mí misma artista. No es falsa modestia. Me da pudor y casi vergüenza considerarme artista si me comparo con los que yo de verdad considero ARTISTA.

Para mí un ARTISTA es alguien que hace algo grande, algo que sólo puede hacer él (o ella), que es capaz de emocionar, de traspasar un lenguaje, de llegar y quedarse, de cambiarte la vida o de hacértela más bonita. Alguien a quien admirar y de quien aprender. Alguien que encuentra su verdadera esencia en lo que hace, y que además tiene la generosidad de compartirlo con los demás.

Para otros no es nada y para otros puede ser incluso algo despectivo. Un artista es un muerto de hambre, un vago, un soñador, un bohemio, alguien que no puede vivir de su trabajo porque esto no puede considerarse un trabajo. Y tal vez por eso, por esa apreciación, hay quien considera que un artista no debe ser pagado por lo que hace, por eso, y porque supuestamente no le cuesta esfuerzo, ...lo hace en un rato.

A pesar de llevar muchos años en el mundo laboral, desde que me dedico a dibujar, no he parado de justificar mi trabajo, de reclamar mi derecho a cobrar por ello, de usar mi “mano izquierda” para defender lo que hace la derecha. De responder a la pregunta de si puedo vivir de ello. Me ha costado varios disgustos y dudar, dudar mucho.

Sé que no soy la única, sé que tomar un camino diferente tiene también dificultades diferentes.

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Pero no por ello voy a dejar de luchar, aunque a veces me cueste CREER en ello. Aunque muchos quieran hacerme dudar de la decisión tomada. 

Ultimamente he recibido muchos encargos, hasta el punto de tener que decir que no a otros. Esta seguridad es momentánea, es la incómoda inseguridad lo que nos mantiene alerta. Y estar alerta también es estar vivo y crecer.

Dibujar como dibujo es un regalo que recibí al nacer, un talento que venía de serie. Dicen que todos tenemos uno. En mi caso, mi talento, mi regalo, estuvo guardado durante muchos años. De pequeña me hacía recibir muchos halagos, pero también me hacía "destacar" y percibir envidias. Eso no me gustaba.

Siempre lo he considerado algo muy íntimo, que decía mucho de mí y que no debía ser expuesto. Tampoco tenía la necesidad de dibujar constantemente. He estado años sin coger un pincel y no lo he echado en falta. Por eso estuvo guardado.

Pero como dice una amiga: “Los regalos son para usarlos, si yo te regalo algo y veo que no lo usas, pensaré que no te ha gustado”. Eso es cierto, y tanto tiempo estuvo mi regalo guardado que cuando dudo pienso que estoy pagando un precio por ello. Y lo que ocurre es que hay regalos que no vienen con instrucciones y no tenemos por qué saber usarlos. Por eso me gustó la contestación de J.K.Rowling cuando le preguntaron cómo le gustaría ser recordada: “As someone who did the best she Could with the talent she had”.

Yo continuo en el proceso de saber manejar mi talento, de asegurarlo, de cuidarlo, de alimentarlo, de sacarle brillo y de, le pese a quien le pese, seguir protegiéndolo. De CREER en él y en mí, para CREAR, y y tal vez si lo consigo, pueda llamarme ARTISTA.

 

Siempre nos quedará París

Expectativa...

Expectativa...

En mi anterior trabajo como diseñadora tenía la suerte de viajar a Paris una o dos veces al año.  París ya me gustaba antes de conocerlo, así que iba contenta, con una sonrisa de oreja a oreja desde que bajaba del avión.

El viaje consistía en visitar las ferias de tejidos y tendencias. Algo agotador, pero toda una recreación para la vista y el tacto. Puedo decir orgullosa que en aquella época con sólo tocar un tejido podía adivinar su composición y su peso. También hacíamos algo de “espionaje industrial” o dicho de una forma más bonita, buscábamos inspiración en las tiendas de los grandes diseñadores o los grandes almacenes.

Esto me gustaba menos, porque copiar no está bien, y por que significaba que nuestra creatividad como diseñadores quedaba anulada. 

El caso es que cuando acababa el trabajo y terminábamos de cenar, la mayoría de mis compañeros se volvían al hotel y yo me despedía con un… “Yo me voy a dar un paseíto, ¿alguien se viene?”. Y alguien siempre venía. A pesar del cansancio y el frío, ¿cómo resistirse a un paseo nocturno al lado del Sena, llegar al Louvre y la torre Eiffel iluminada con sus “swaroskis”??? Pasear por París un privilegio que no todo el mundo tiene. Y yo nunca pude resistirme.

Desde entonces, lo echaba de menos, y pensaba, “cualquier día compro un vuelo baratito, llego por la mañana, me doy una vuelta y me vuelvo por a tarde….”. Pero nunca llegué a hacerlo.

Hasta que un día hablando con mi querida Mirenchu, (ya os hablaré de ella en otro post) se nos cruzó la loca idea de reencontrarnos en París con la excusa de visitar la exposición de Christian Dior. A las dos nos venía mal, pero las exposiciones no son eternas y había que decidirse. “Pues venga, vámonos”.  Y no me he podido alegrar más de hacer este viaje…

Realidad...

Realidad...

París, París, París….  Volver a sonreír de oreja a oreja, volver a pasear al lado del Sena, entrar en todas las tiendas de la Avenue Montaigne, (esta vez sin espiar) tocar los tejidos, admirar las hechuras, disfrutar de los diseños , la originalidad, la excelencia, el trabajo bien hecho. En estas tiendas saben perfectamente quién compra y quién no,  pero no por ello dejan de atenderte con respeto y corrección. Eso también forma parte de su excelencia. La señorita de Chloé nos explicó la colección con ilusión y la encargada de Etro hizo lo mismo con sus estampados. ¿Se puede pedir más? Sí, un cheque en blanco para gastarlo allí, pero no puede ser, al menos de momento.

No recordaba cuánto me gustaba la moda, la MODA con mayúsculas, que no es lo mismo que la ropa. Disfrutamos tanto que no paramos casi ni a comer, yo que soy doña tensión baja y que si no como me mareo… Fue maravilloso volver a disfrutar de todo aquello.

 

Y  por supuesto, la exposición….

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Esto me cuesta más describirlo, porque literalmente me quedé sin palabras… Mis ojos extasiados no podían enviar toda la maravillosa información a mi cerebro. No estaba permitido hacer fotos, pero gracias a que las hicimos (perdón, perdón) hoy puedo rememorar aquellas salas… Toda la trayectoria del maestro Dior y de los diseñadores que han pasado después por la “Maison”.

 

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Verdaderas obras de arte, acompañadas de bocetos, patrones, complementos, bordados deslumbrantes,  detalles mínimos... “Toiles”(*) diminutas que ya eran unas joyas en sí mismas. Salas y más salas, y casi al final de la exposición, una sala totalmente blanca, repleta de “toiles”, también blancas.

* (la "toile" es una muestra de la prenda realizada en un tejido de algodón y sobre la que se hace modificaciones antes de ser realizada en el tejido final)

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Yo creí entrar en el cielo, pero no, el cielo venía después, en la última sala, la más grande, la más espectacular, con un techo infinito  iluminado por un juego de luces que le hacía cambiar de forma, de época, de color, música y maniquíes por todas partes vestidos para el gran broche final.

Y yo, muda, absorta, feliz…

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Y después de tanto disfrute,  y de volver otra vez a la realidad, fuímos a despedirnos de Colette, la icónica tienda de la rue Sanit Honoré, a punto de cerrar sus puertas para siempre. Fue una visita rápida a una tienda que siempre recuerdo llena de gente, tan llena, que si no es por Mirenchu, me hubiera perdido el momento en el que el mismísimo Karl Lagerfeld pasó a nuestro lado. “Pellízcame, que no me lo creo”. Sí, sí, era él, inconfundible, otra leyenda, otro maestro. Quise imaginarlo desprendiendo polvo de estrellas a su paso, impregnándome de él, para una vez más volver a sonreír, muda, absorta, FELIZ...

París…, ¡ya quiero volver!