Expectativa...

Expectativa...

En mi anterior trabajo como diseñadora tenía la suerte de viajar a Paris una o dos veces al año.  París ya me gustaba antes de conocerlo, así que iba contenta, con una sonrisa de oreja a oreja desde que bajaba del avión.

El viaje consistía en visitar las ferias de tejidos y tendencias. Algo agotador, pero toda una recreación para la vista y el tacto. Puedo decir orgullosa que en aquella época con sólo tocar un tejido podía adivinar su composición y su peso. También hacíamos algo de “espionaje industrial” o dicho de una forma más bonita, buscábamos inspiración en las tiendas de los grandes diseñadores o los grandes almacenes.

Esto me gustaba menos, porque copiar no está bien, y por que significaba que nuestra creatividad como diseñadores quedaba anulada. 

El caso es que cuando acababa el trabajo y terminábamos de cenar, la mayoría de mis compañeros se volvían al hotel y yo me despedía con un… “Yo me voy a dar un paseíto, ¿alguien se viene?”. Y alguien siempre venía. A pesar del cansancio y el frío, ¿cómo resistirse a un paseo nocturno al lado del Sena, llegar al Louvre y la torre Eiffel iluminada con sus “swaroskis”??? Pasear por París un privilegio que no todo el mundo tiene. Y yo nunca pude resistirme.

Desde entonces, lo echaba de menos, y pensaba, “cualquier día compro un vuelo baratito, llego por la mañana, me doy una vuelta y me vuelvo por a tarde….”. Pero nunca llegué a hacerlo.

Hasta que un día hablando con mi querida Mirenchu, (ya os hablaré de ella en otro post) se nos cruzó la loca idea de reencontrarnos en París con la excusa de visitar la exposición de Christian Dior. A las dos nos venía mal, pero las exposiciones no son eternas y había que decidirse. “Pues venga, vámonos”.  Y no me he podido alegrar más de hacer este viaje…

 Realidad...

Realidad...

París, París, París….  Volver a sonreír de oreja a oreja, volver a pasear al lado del Sena, entrar en todas las tiendas de la Avenue Montaigne, (esta vez sin espiar) tocar los tejidos, admirar las hechuras, disfrutar de los diseños , la originalidad, la excelencia, el trabajo bien hecho. En estas tiendas saben perfectamente quién compra y quién no,  pero no por ello dejan de atenderte con respeto y corrección. Eso también forma parte de su excelencia. La señorita de Chloé nos explicó la colección con ilusión y la encargada de Etro hizo lo mismo con sus estampados. ¿Se puede pedir más? Sí, un cheque en blanco para gastarlo allí, pero no puede ser, al menos de momento.

No recordaba cuánto me gustaba la moda, la MODA con mayúsculas, que no es lo mismo que la ropa. Disfrutamos tanto que no paramos casi ni a comer, yo que soy doña tensión baja y que si no como me mareo… Fue maravilloso volver a disfrutar de todo aquello.

 

Y  por supuesto, la exposición….

IMG_9247-1.JPG

Esto me cuesta más describirlo, porque literalmente me quedé sin palabras… Mis ojos extasiados no podían enviar toda la maravillosa información a mi cerebro. No estaba permitido hacer fotos, pero gracias a que las hicimos (perdón, perdón) hoy puedo rememorar aquellas salas… Toda la trayectoria del maestro Dior y de los diseñadores que han pasado después por la “Maison”.

 

image1.JPG
image3.JPG
image2.JPG

Verdaderas obras de arte, acompañadas de bocetos, patrones, complementos, bordados deslumbrantes,  detalles mínimos... “Toiles”(*) diminutas que ya eran unas joyas en sí mismas. Salas y más salas, y casi al final de la exposición, una sala totalmente blanca, repleta de “toiles”, también blancas.

* (la "toile" es una muestra de la prenda realizada en un tejido de algodón y sobre la que se hace modificaciones antes de ser realizada en el tejido final)

IMG_9248-2.JPG
IMG_9249.JPG

Yo creí entrar en el cielo, pero no, el cielo venía después, en la última sala, la más grande, la más espectacular, con un techo infinito  iluminado por un juego de luces que le hacía cambiar de forma, de época, de color, música y maniquíes por todas partes vestidos para el gran broche final.

Y yo, muda, absorta, feliz…

IMG_9245.JPG
image1-3.JPG
image5.JPG
IMG_9246-1.JPG
image6.JPG

Y después de tanto disfrute,  y de volver otra vez a la realidad, fuímos a despedirnos de Colette, la icónica tienda de la rue Sanit Honoré, a punto de cerrar sus puertas para siempre. Fue una visita rápida a una tienda que siempre recuerdo llena de gente, tan llena, que si no es por Mirenchu, me hubiera perdido el momento en el que el mismísimo Karl Lagerfeld pasó a nuestro lado. “Pellízcame, que no me lo creo”. Sí, sí, era él, inconfundible, otra leyenda, otro maestro. Quise imaginarlo desprendiendo polvo de estrellas a su paso, impregnándome de él, para una vez más volver a sonreír, muda, absorta, FELIZ...

París…, ¡ya quiero volver!